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Biden es de mano dura. Rusia ya lo comprobó. Aquí, les gusta rascarle las turmas al tigre.


En abierto desdén que no se aprecia involuntario en lo absoluto, el presidente Andrés Manuel López Obrador estuvo y no estuvo en la Cumbre de Líderes sobre el Cambio Climático que organizó Estados Unidos.
El evento para exponer problemáticas y soluciones al calentamiento global y a los efectos de las emisiones de carbono comenzó el jueves por la mañana de forma virtual, a la par de la conferencia que ofrece diariamente López Obrador en Palacio Nacional. Sin embargo, el presidente optó por no suspender su “mañanera” y dar seguimiento a la cumbre, de oídas, desde su púlpito del Salón Tesorería. Al arrancar su conferencia, habló por seis minutos para después dar paso a la transmisión del discurso inaugural del presidente Joe Biden como anfitrión del evento.
Apenas terminaba el estadunidense su intervención, que servía como inicio a la ronda de participaciones de jefes de Estado y líderes mundiales, López Obrador dio la espalda a la pantalla gigante que proyectaba la Cumbre para proseguir con su conferencia: “cuando nos toque nuestro turno, vamos a intervenir”, justificó de forma tan natural, como si se tratase de una exposición escolar.
Con desinterés manifiesto por participar de lleno en el encuentro mundial, su prioridad era, en ese preciso momento, abordar la situación del sistema penitenciario del país y los contratos excesivos para construir ocho penales privados durante el sexenio de Felipe Calderón.
Después de dos horas de su tradicional monólogo, ignorando la participación de unos 40 presidentes, ministros y cancilleres de todo el mundo que disertaron sobre los esfuerzos de sus países para mitigar el cambio climático (lo mismo los premieres inglés y canadiense, Boris Johnson y Justin Trudeau, que el presidente chino Xi Jinping), López Obrador preguntó al vacío, “¿ya mero?”, notificado ya sobre su turno de intervenir.
Sin preámbulos, el presidente apareció en la Cumbre Climática mundial defendiendo el uso del petróleo, al destacar que México había hallado tres yacimientos importantes. Enseguida, matizó su introducción. Aclaró que todos los hidrocarburos extraídos de esos depósitos serán destinados a la demanda interna, sin exportaciones, y así reducir el uso de combustibles fósiles. También anunció la modernización de todas las plantas hidroeléctricas del país para aprovechar la generación de energía limpia mediante el agua.
Pese a la ambigüedad inicial, el sentido de su mensaje transitaba por la línea ambiental hasta que vino la disrupción: exaltó uno de los programas emblema de su 4T, Sembrando Vida, como “el esfuerzo (sic) más importante de reforestación en el mundo”, pero propuso a Estados Unidos financiarlo en Guatemala, Honduras y El Salvador como una estrategia, paralela a lo ambiental, para resolver ¡el tema migratorio! Incluso le planteó a Biden, a quien se refirió como “un hombre sensible”, emitir visas de trabajo temporal, residencias o doble nacionalidad a los eventuales beneficiarios de ese programa.
Tan desconectado estaba López Obrador de la Cumbre que no se percató ni le informaron que su par estadunidense ya no se encontraba presente en el encuentro cuando lanzó su petición, rechazada con antelación por Washington al considerarla improcedente e inapropiada en medio de la discusión de una agenda ambiental. Quizá pueda inferirse cierta ignorancia de López Obrador, pero su apatía hacia el tema ambiental como jefe de Estado no es ensayada, como tampoco su desgana a fortalecer la relación bilateral con Estados Unidos.
Más identificado con Donald Trump que con su sucesor, el presidente apuesta al uso de combustibles fósiles y energías no renovables con una rectoría monopólica de Petróleos Mexicanos y de la Comisión Federal de Electricidad en esos sectores. Negacionista de la crisis ambiental mundial, Trump sacó a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre cambio climático y se ufanaba de haber posicionado a su país como principal productor de gas y petróleo del mundo. ¿Coincidencias? Más bien, afinidades manifiestas de ambos personajes, aunque ambos estuviesen en antípodas ideológicas.
López Obrador no logra amalgamar con Biden aquella relación tersa y estrecha que forjó con Trump, y el desdén mostrado a su cumbre climática, aunado a sus aportaciones sobre política migratoria, no fue bien recibido en la Casa Blanca.
Las diferencias entre los presidentes de México y Estados Unidos son amplias, evidentes en torno a la emisión de gases de efecto invernadero, la seguridad pública y la migración, por mencionar algunos, pero en el trabajo diplomático se siguen desestimando represalias de nuestro vecino del norte.
Biden es de mano dura. Rusia ya lo comprobó. Aquí, les gusta rascarle las turmas al tigre.
Pedro Kuri Pheres en Facebook
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