Habemos quienes nos despertamos en la mañana y vamos a la otra habitación a decirle “buenos días” a nuestra madre.

Hacemos lo cotidiano, ir a trabajar, regresar a comer, regresar al trabajo y en la noche si no hay fiesta, regresamos a casa. A quienes viven con sus madres pueden saludarla, platicar, cenar y dormirse.

En Chicago hay más de 200,000 personas que no pueden hacer eso, la necesidad les ha hecho emigrar para buscar una mejor vida.
La migración no es un problema, ni mucho menos un problema ubicado en una ciudad o país específico, es una constante que ha formado parte del ser humano desde su aparición en este mundo. También de Estados Unidos migran personas a otras partes del mundo.

Escuché del programa Uniendo Corazones hace algunos meses “es para que las mamás vean a sus hijos”. Alguien que está habituado a convivir con su madre puede pasar por alto la convivencia.

Acompañé a 23 adultos mayores a realizar lo que podría ser su mayor sueño, ver a sus hijos; 6, 15, 20 ¡30 años sin verlos! Sólo había alegría en sus rostros, atendían a todas las recomendaciones (no querían cometer ningún error) para continuar su camino. Había un aura de buena vibra.

El viaje transcurrió sin sobresaltos, debió ser porque una de ellas preguntó antes de despegar “¿traigo mi rosario, lo rezamos?” “Sí” se escuchó al unísono. Empezaron dos y lo continuaron 15 más, la azafata tuvo que pedirles que lo hicieron en voz baja porque los otros pasajeros se alarmaron “what is going on man, is it Alqaeda?”.

Todo era tranquilidad hasta que una pasajera me dijo: “usted me puso aquí (en el formulario para la aduana) que no traigo nada, pero traigo queso, carne y semillas ¿no me van a parar?” “Esto es asunto del secretario”, respondí.

Mi mamá haría lo mismo que esa señora, llevar lo que le dijeron que no llevara, con tal de que sus hijos probaran él verdadero sabor de Guerrero. En ellas la veía a ella y por eso trataba de ayudarlas, la jefa es la jefa y no me gustaría que se pasaran de lanza con la mía.

“A mí me decían que iba a vomitar”, decía una señora después del aterrizaje, “a mí que se sentía bien feo” le respondía otra. “Pues yo ni sentí nada, me traje mi trapo, mi bolsa y mis pastillas porque me dijeron que este aparato me iba a hacer mal y nada” dijo una señora conforme con el vuelo. “A mí me dijeron lo mismo pero ni sentí”, respondió la otra.

Al fondo se escuchó “¿que será de nuestros viejos? Han de decir ¿ya habrán llegado? ¿Dónde estarán? ¿Por qué no avisan?” Les pregunté por ellos y me respondieron que se quedaron a cuidar, “ya les tocará a ellos, primero yo porque soy la mamá”. Sentenció una de ellas.

Por fin llegamos al camión que nos llevaría al lugar del encuentro; el Secretario, Fabián Morales, apurado, atento y tranquilo escuchando y atendiendo a cada una de las personas a su cargo. “¿No se cansa?”, le pregunté “¿son viejitos, hay que tenerles paciencia y entender que es su primera vez viajando en avión y fuera de México, hay que tomarlo con calma y entenderlo” me respondió, “usted es el Secretario realmente más cercano con la gente que representa, al que he conocido” le dije. “Hay más, me respondió”.

El camión comenzó a oler a perfume “me voy a arreglar para oler bien” dijo una señora “yo también para que no me vean tan vieja” respondió la otra.

Cuando llegamos al lugar del encuentro el Secretario y todo su equipo de apoyo estaban listos, el lugar arreglado para la ocasión, había globos, flores, comida. Era una fiesta “no la he visto en 20 años” escuché. Uno a uno fueron llamando a las personas con las que había viajado. Sus rostros cambiaron, las miradas brillaron y el cansancio se fue, y es que una persona de 80 años toma fuerza cuando sabe que la razón de su vida está a un metro de distancia. Hubo más de mil abrazos, más de mil risas, toda esta felicidad; por un momento estuve en el mejor lugar del mundo.
21 señoras y 2 señores el fin de semana estuvieron con sus hijos e hijas “no es lo mismo hablarles en sus cumpleaños que abrazarlos”, me dijeron.

“Uniendo Corazones” no es una agencia de viajes y no hace viajes de placer. Uniendo Corazones une familias que fueron divididas por la necesidad. Todo el viaje pensé en qué sería de mí por no ver a mi madre, entendí a la banda que anda allá sufriendo en todos los sentidos, el más rudo se hace dócil y el más salvaje baja la guardia. La jefa es la jefa y tenerla cerca siempre es y será lo mejor. “Cuida a tu mamacita” siempre me dice mi abuelo, “sin ella no estarías aquí y ella siempre va a dar todo por ti”. Siempre lo he sabido, pero esta experiencia me hace reforzar esa idea.

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