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Un campo dinamitado / Por Pedro Kuri Pheres

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Guerrero es un polvorín en riesgo permanente de estallar al mínimo chispazo. De ahí el mote de Guerrero bronco, ganado a pulso por la historia, el pueblo combativo ante las injusticias y, en la actualidad, la espiral de violencia latente.

Muchas son las causas de la pobreza en esta entidad, sabidas y bien identificadas, pero poco o nada se ha hecho para revertirlas. No logramos salir de la franja sur de la miseria junto con nuestros hermanos de Oaxaca y Chiapas, y encima somos una zona altamente castigada por los embates de la naturaleza: incendios forestales, sismos, lluvias y huracanes.

Por concentrar algunos de los principales destinos turísticos del país, Guerrero posa su economía sobre la llamada industria sin chimeneas, pero la principal actividad productiva de la que dependen miles de familias es el campo.

El gobierno federal, como parte de las acciones enmarcadas en la Cuarta Transformación, decidió asumir el control total del programa de entrega de fertilizante que el gobierno de Guerrero, durante los últimos 24 años, había emprendido de manera propia.

El argumento para centralizar el reparto del insumo, muy válido por supuesto, es evitar la manipulación política del mismo mediante intermediarios; depurar los padrones tanto de campesinos como de las superficies a sembrar, así como abrir la licitación a otros distribuidores.

Es sabido el uso electoral del fertilizante para conseguir votos a cambio de su entrega, y si la nueva estrategia del gobierno de la República garantiza la erradicación de esa práctica debe ser respaldada como una medida permanente.

Sin embargo, como en otras acciones, hay un error de cálculo que advierte riesgos y consecuencias críticas para Guerrero.

De entrada, la novedad del esquema implica una reorganización que comenzó tarde, pues el periodo de lluvias está encima y la autoridad federal mantiene retenidos los paquetes del abono en espera de una revisión para validar el número real de beneficiarios.

Esto ha implicado un retraso que se resiente en zonas de alta marginación como La Montaña y la Sierra, donde las lluvias comenzaron semanas atrás y las cosechas están semiparalizadas en espera del fertilizante. Se trata, en su mayoría, de tierras dedicadas al cultivo de granos básicos.

El problema del fertilizante debe ser considerado un asunto prioritario. Causar afectaciones severas al campo guerrerense derivaría en una crisis irreversible porque afectaría la economía de las familias dedicadas a la actividad agraria y de quienes dependen indirectamente de la misma.

Desestimar la inconformidad de los campesinos, como la ocurrida recientemente en la Sierra donde fueron retenidos militares y policías estatales en demanda del abono, es un peligro en una entidad donde hay una diversidad de botones sensibles propensos a activar un estallido social, en medio de la inseguridad y la desesperación por mejores condiciones económicas.

Pedro Kuri Pheres en Facebook

@pedrokuripheres en Twitter

acapulco.ok@gmail.com

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