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Transformando el dolor nacional / Por Pedro Kuri

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El caso de Fátima, la menor secuestrada y asesinada en Tláhuac, en la ciudad de México, resulta humanamente indignante, al igual que la descomposición social de un país donde se normaliza el asesinato de una menor, de una mujer, de un estudiante, de familias enteras, y la desaparición de miles.
En este contexto, no obstante, lo más insultante para un amplio sector de la población que se mantiene ajeno a filias y fobias partidistas es la indiferencia y la falta de sensibilidad de un Presidente que mide la compleja problemática de la criminalidad con el mismo rasero de su paranoia política.
Para muchos, Andrés Manuel López Obrador es una suerte de guía moral, dados sus postulados de cero tolerancia a la corrupción, del respeto pleno a los derechos humanos y sus ideales de nación. Por ello es que causa escozor observar y escuchar cómo el primer mandatario ha convertido sus conferencias mañaneras, su púlpito mediático hecho y organizado a su medida y conveniencia, en una palestra para la ridiculización de la investidura presidencial con comentarios desacertados, ideas desproporcionadas, negación constante de una realidad económica y social lastimosa, y una ofensiva a ultranza contra todo tufo de pasado de tintes tricolor y blanquiazules.
Un crimen como el de Fátima, tan desafortunado como lamentable, ameritaba una postura decisiva del presidente para poner un alto a la violencia en cualquiera de sus vertientes y lanzar una advertencia a aquellos que incurren en acciones tan deleznables como el infanticidio o el feminicidio.
Contrario a esa expectativa, López Obrador acusó que el crimen de Fátima -de impacto, incluso, internacional- es utilizado por sus detractores, lo mismo medios de comunicación que «intelectuales orgánicos» y gente polarizada, para atacar a su gobierno.
Hay que ser lo suficientemente insensible para incrustar en el dolor nacional por Fátima un discurso recurrente de odio hacia gobiernos anteriores y recordar incisivamente, a manera de menguar la indignación natural por eso se caso, que estos endeudaron al país, privatizaron al sector público y cometieron actos de pillaje.
No nos queda duda, en lo que va de la era transformadora, de que la corrupción campeó y causó un daño inconmensurable al país del que no nos recuperaremos de forma inmediata, pero lo menos que se puede esperar de quien enarbola la causa de un nuevo México es un poco de solidaridad ante un momento de desesperanza.
No puede soslayarse, tampoco, que estos son casos sintomáticos de pobreza, desigualdad, falta de oportunidades, acceso restringido a salud y educación de calidad, que la Cuarta Transformación ofreció revertir, hasta ahora, sin visos de éxito.

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acapulco.ok@gmail.com

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