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En México, la palabra “valor” suele ser usada como sinónimo de “valentía”, además de su significado preciso, como cualidad digna de aprecio. Hoy, los mexicanos requerimos valor en ambas acepciones; no sólo necesitamos tener valores: también valentía para expresarlos y defenderlos.

Antes de la pandemia, nuestro país ya mostraba tendencias nocivas en términos económicos, políticos y sociales; la crisis por covid-19 exacerbó sus efectos, provocando quiebras, rupturas y encono. Hoy, a 14 meses de declarada la pandemia en México, y a 30 meses de iniciado este gobierno federal, ya emergen los restos de nuestro naufragio como país, y el panorama es muy malo… tenemos que movernos.

Las amenazas que enfrenta México, no son muy diferentes a las que ya sufren otros países de la región: manifestaciones violentas, gobiernos inviables, fuga de capitales, injerencia de extranjeros en política, llamados a redactar una nueva constitución… la lista es larga. Lamentablemente, muchos ciudadanos no parecen tenerlas en el radar: pareciera que las elecciones del seis de junio son para ellos una suerte de fetiche, que acota y conjura todo lo malo que pueda pasarnos; miles de ciudadanos tienen toda su atención en ellas, con la vaga esperanza de que, a partir de un determinado resultado, los nubarrones se dispersen y todos juntos, tomados de las manos, cantemos sonrientes el himno nacional. Me temo que no será así.

Las elecciones en las que participaremos ampliamente el mes próximo, y las cuales deberemos documentar y defender, marcarán el principio de una nueva etapa de destrucción por parte del gobierno de Andrés López, más radical. Casi nada le ha resultado bien a este remedo de presidente y, como es su costumbre, ante la derrota va a subir la apuesta; de él no se puede esperar una conducta de presidente, porque no lo es, y menos una actitud de Jefe de Estado, porque ni siquiera la entiende; lo que viene a partir del día siete de junio es la radicalización absoluta del caudillito, y el extravío de toda su pandilla.

Los individuos libres deberemos hacerle frente, si queremos mantener nuestra capacidad de elegir, de transitar, de trabajar y de consumir. Lo que López y sus secuaces buscarán a partir de ahora, será crear caos: perdida ya la posibilidad de mantener una ficción democrática, van a tratar de reventarlo todo, para que en el desorden resultante ganen relevancia sus mecanismos de control (fuerzas armas y de seguridad pública, propaganda en medios y redes sociales) y puedan negociar en mejores términos con los demás grupos de poder. No lo permitamos. No nos dejemos arrastrar al desorden y la confrontación, así como tampoco al pasmo y la parálisis.

López alcanza más o menos a entender que ya fracasó; jamás lo reconocerá ante persona alguna, ni desistirá en su empeño, porque en realidad cree estar llamado a refundar México, pero sin duda la evidencia a su alcance le deja ver que cada vez está más solo, con menos recursos, y con menos tiempo. Debe tener al menos una mediana idea de lo que sigue, después de ser derrotado en las elecciones del seis de junio: tres años de mero desgaste, mirando el reloj en espera de largarse a lo que él llama “hogar”. Y no le gusta. No es lo que soñó. Por eso, si no puede tenerlo va a incendiarlo todo, para ver si así su fracaso luce menos patético.

Asumiendo esta realidad, a los ciudadanos nos corresponde prepararnos; dejemos de buscarle la mejor cara a un gobierno que todas las tiene horribles; desistamos de la creencia de que todo se limita a no votar por el partido gobernante; seamos capaces de tener valores, y de vivirlos aunque parezca mucho sacrificio: siempre es un buen momento para hacer lo necesario, y hacer lo necesario es hacer aquello que es correcto, en forma oportuna. La tentación de fingir que las cosas son menos malas, o de que hay una solución sencilla y barata para este desastre, es fuerte… rechacémosla. Ceder a ella va a representarnos costos cívicos, políticos y económicos aún más altos.

Que cada quien piense y cada quien haga; que nadie eluda su responsabilidad, y nadie postergue su parte del trabajo: el pantano en el que estamos metidos fue un error de muchos, más de los que votaron por él; la salida, pues, exige igualmente el concurso de muchos esfuerzos.

México, y buena parte del mundo, han entrado a una noche sin luna: no hay más luz, que la que cada quien lleve entre sus manos. Si queremos conservar nuestras ciudades, cada uno debe elegir una cornisa y posarse en ella, atento, cuidando el tramo de la calle frente a sí, y compartiendo lo que ve con quien cuida la cornisa de enfrente.

Lo que hemos sufrido hasta ahora, sólo han sido preparativos de aquellos que nos quieren de rodillas: la lucha por nuestra libertad está a punto de comenzar. Tenemos herramientas y también aliados. Nos tenemos unos a otros. Tengamos valor.

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