Inicio Opinión Sal a la herida, con brisa marina  / Por Pedro Kuri Pheres

Sal a la herida, con brisa marina  / Por Pedro Kuri Pheres

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El caso Iguala, ineludiblemente, es una herida abierta en Guerrero y el país. A cinco años de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, su paradero es el gran pendiente con sus familiares y una sociedad empática que condena ese hecho deleznable. El clamor de justicia por aquellos acontecimientos que agregaron más páginas a la historia de sangre de nuestra entidad es, sin duda, generalizado y compartido.
El mejor homenaje que se puede rendir a los normalistas desaparecidos es mantener una exigencia hacia las autoridades correspondientes para esclarecer esta dolorosa tragedia porque a ellas y a nadie más compete ofrecer resultados y dar fin a la agonía de los padres de los 43.
Es por ello que resulta innecesaria y fútil la iniciativa del gobierno de Acapulco, a propuesta de dos regidores del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), de colocar el llamado “antimonumento” en honor a los estudiantes de Ayotzinapa al centro de la plaza Guatemala, ubicada en el entronque de Costera con la Vía Rápida.
La estructura consiste en una cruz con el número 43 en color rojo -un tono asumido como símbolo de sangre y violencia-, montada sobre una base gruesa de cemento, que contrasta con la ventana ecológico de la zona hacia la bahía de Acapulco. La obra mide más de 2 metros y es ampliamente visible. La construcción y ubicación del “antimonumento” en ese lugar, en palabras de la alcaldesa Adela Román Ocampo, se trata de un acto de solidaridad del Ayuntamiento con los padres de los estudiantes para que quede en la memoria colectiva (sic) que crímenes de lesa humanidad no vuelvan a ocurrir y la sociedad cobre conciencia. También, a decir de nuestra primera autoridad local, esa estructura apela a la reparación del daño y a la justicia en el caso.
Sin demeritar la causa, el argumento resulta irrisorio. El monumento, contrario a su supuesto propósito, ahondará el dolor en torno a los 43 y los miles de desaparecidos en el país entre una sociedad acapulqueña de por sí fracturada por la constante violencia que merma gradualmente la economía y la convivencia social. Además, servirá como punto significativo para reunir protestas y manifestaciones sobre la principal vía turística del puerto, pese a que Acapulco, como ciudad de vocación eminentemente turística, resulta ajena a lo ocurrido y su población no fue consultada al respecto.
Si el objetivo esgrimido por la presidente municipal de solidarizarse con esa causa es legítimo, la obra debió colocarse entonces al pie del Palacio municipal o en su interior, no al paso de un cruce obligado hacia la zona Tradicional y de turistas procedentes de Ixtapa-Zihuatanejo y la región Costa Grande.
Las dificultades económicas de Acapulco acentuadas por recortes presupuestales a la actividad turística y a las aportaciones federales hacia Guerrero -si es que el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2020 se aprueba sin modificaciones- no serán solventadas con acciones que, en lugar de mejorarla, incurren en un detrimento de la imagen turística de este puerto.
Más allá de un antimonumento, la autoridad municipal requiere sacudir su antipatía por impulsar la actividad turística como motor de la economía local y concentrarse en solventar los lastres que impiden un funcionamiento adecuado de los servicios públicos como el adeudo histórico de la CAPAMA con la Comisión Federal de Electricidad (CFE) que, por cierto, ha dejado sin agua desde hace dos días al 80 por ciento de la población acapulqueña.
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