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¿Persona vs comunidad? / Por: Salvador Hernández

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En mi artículo anterior (https://lasintesis.mx/la-pandemia-y-el-mundo-de-las-dicotomias-por-salvador-hernandez/) escribí sobre el mundo de las dicotomías, que no es más que una metáfora sobre el modo en que se nos ha enseñado a ver y entender el mundo a partir de una ideología en la que la persona es el punto de partida, desarrollo y conclusión de toda reflexión sobre la acción del Estado, las relaciones sociales, el progreso científico y sobre el entendimiento de la naturaleza misma.

 

Esta cosmovisión fue acuñada a partir del pensamiento liberal surgido a inicios de la modernidad, en la Europa de mediados del siglo XVII y principios del XVIII motivada en el sentimiento de rechazo a los regímenes absolutistas de la época que provocó los movimientos revolucionarios que transformaron el mundo.

 

300 años después, tras dos guerras mundiales y el surgimiento de la Organización de las Naciones Unidas, la ideología liberal habría de encumbrarse como doctrina hegemónica en Occidente.

 

Los principios del liberalismo son la autonomía personal, la igualdad y la libertad, los cuales se traducen en la exponenciación de las capacidades humanas a partir de la idea de un Estado reducido que habilita una dinámica en la que el desarrollo personal se superpone al bien común que por siglos minó los derechos y libertades y que sentó las bases para el surgimiento de regímenes totalitarios y dictatoriales en diversas latitudes del mundo moderno.

 

Latinoamérica y su reciente historia de conflicto y dictaduras militares es un claro ejemplo de los peligros que la perversión del discurso del bien común puede acarrear.

 

Sin embargo, de esto no se sigue necesariamente que el liberalismo sea la panacea para el correcto desarrollo de las sociedades. El razonar en clave antropocéntrica, si bien ha detonado procesos y movimientos sociales en pos de los derechos y las libertades, también ha erosionado de forma espeluznante ciertas instituciones que antaño fungían como termómetro de la degradación humana.

 

El individualismo como ideología es importante para el empoderamiento de grupos históricamente marginados y discriminados, ya sea por edad, género, origen étnico, y un largo etcétera. Sin embargo, esta forma de pensar se ha extendido a una velocidad tal que nos impide tomarnos un respiro para reflexionar sobre sus efectos secundarios. Aquellos que parecen invisibles frente al brillo de las victorias de los derechos y las libertades.

 

Hace tiempo que el bien común pasó a segundo plano. La persona asumió el protagonismo y la comunidad se redujo a la mera suma de individuos que coexisten en un lugar y tiempo determinados.

 

Cierto es que esto es una respuesta a ciertas normas y prácticas –sociales- que eran del todo transgresoras, sin embargo, la depuración de aquello que en nuestros tiempos resulta inadmisible no debe implicar la desaparición de las instituciones que en su momento las cobijaron, pues de seguir esa lógica, estaríamos a pocos años de la desaparición del Estado.

 

La dicotomía persona vs comunidad es falaz. Necesitamos revalorizar el papel de nuestras comunidades para aspirar al florecimiento de la persona en cada aspecto de su vida. Fortalecerlas para que la formación de las juventudes no se deje al garete. Conservarlas para que, desde el interior de las mismas y con base en sus valores, se oriente a las personas al camino de la virtud y el buen vivir.

 

Una nación de individuos es más endeble que una nación de comunidades.

 

 

Escribe.- Salvador Hernández Garduño

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