Dark Light
Preservemos el progreso de las ideas, la ineludible protección del valor supremo de la dignidad humana, los avances científicos y la consolidación de gobiernos democráticos, sin embargo, volteemos a ver a lo local.

Hace algunos siglos –por allá del XV– la humanidad transitó hacia una nueva etapa de su historia. A los ojos de nuestra especie, el mundo se convirtió en un trozo de piedra al que había que darle la forma necesaria para cumplir con nuestros fines y deseos. Nuestra relación con la naturaleza adoptó una dinámica de explotación y la integración de las sociedades se tornó antropocéntrica. La persona individual como punto de partida, desarrollo y final.

Esta nueva forma de pensar configuró un mundo nuevo, en el que el individuo adquirió una serie de cualidades que anteriormente fueron pasadas por alto –y que siguieron siendo ignoradas en perjuicio de ciertos grupos, como las mujeres, las personas con discapacidad y ciertas razas–. Esto fue el fundamento de las grandes revoluciones de la modernidad, la emancipación del ser humano de los regímenes absolutistas y despóticos y la elevación de la dignidad a rango de valor supremo.

Las ideas luminosas del Renacimiento, los procesos de industrialización y la instauración de un sistema económico dinámico habilitaron un progreso sin precedentes en la historia de la humanidad. En su imaginario, la persona humana –particularmente la occidental– se coronó a sí misma como líder del mundo.

No obstante, esto no fue así en todas las latitudes.

En varias regiones del mundo, las formas de vida y valores comunitarios se preservaron. Sangrientas gestas de resistencia a la colonización del pensamiento fueron libradas. Todo, con un único fin: el reconocimiento de lo comunal; de lo local.

Frente a los proyectos globalizadores de la modernidad persiste la resistencia de lo local, del pensamiento y de los valores de la comunidad; formas de vida que se alejan de los parámetros “convencionales” que fueron impuestos durante los últimos siglos y procesos de acceso al conocimiento distintos a los principios científicos del eurocentrismo.

En tiempos de crisis mundial, probablemente sea necesario que reflexionemos sobre los efectos de la modernidad. Preservemos el progreso de las ideas, la ineludible protección del valor supremo de la dignidad humana, los avances científicos y la consolidación de gobiernos democráticos, sin embargo, volteemos a ver a lo local, rescatemos aquellos valores comunitarios que se ajusten a principios éticos universales, reconozcamos otras formas de acceso al conocimiento y construyamos una sociedad de conjuntos, en la que los fines del individuo puedan concretarse a la par de los fines de la comunidad.

“Para conseguir e incluso definir su bien en términos concretos, el individuo primero debe identificar los bienes de la comunidad como bienes propios.” *
*MacIntyre, Alasdair, Animales racionales y dependientes. Por qué los seres humanos necesitamos las virtudes, trad. de Beatriz Martínez de Murguía, Paidós, Barcelona, 2001, p. 129.

Escribe.- Salvador Hernández Garduño.

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