La incontenible movilidad de una sociedad hastiada  es el síntoma más evidente del descontrol de la pandemia en México, pero este tiene su verdadero origen en una falta de autoridad de las mismas personas que la detentan.
El alto riesgo epidemiológico en la mayoría de las entidades federativas ha sido achacado a la desobediencia civil hacia las medidas y restricciones dispuestas para mitigar los contagios de Covid-19 que consisten, a grandes rasgos, en respetar la sana distancia y evitar aglomeraciones.
Sin embargo, los gobernantes en general han eludido su responsabilidad en la atención de la emergencia sanitaria con versiones contradictorias y poco creíbles sobre los índices de casos positivos, defunciones y disponibilidad de camas para hospitalización, y mensajes difusos de las acciones efectivas para contener la enfermedad.
El uso de cubrebocas, por ejemplo, es desdeñado por el presidente Andrés Manuel López Obrador y su zar anti Covid, pero las autoridades locales en Guerrero lo marcan como fundamental y cuasi obligatorio. También, la autoridad federal ha celebrado la estabilización de casos positivos en nuestro estado, en momentos donde el gobernador Héctor Astudillo alerta sobre tendencias al alza en contagios.
De ahí parte el descontrol. ¿A quién hacer caso? ¿Qué autoridad es la que vale?
Después del encierro de más de tres meses y la paralización de la actividad económica, Guerrero y otros estados sí lograron «aplanar» la curva ascendente de contagios, pero, al igual que la Federación, relajaron las medidas e incurrieron en exceso de confianza.
En un principio, quizá, hubiese resultado factible extender por un periodo más algunas restricciones en actividades no esenciales del estado, en aras de llegar a los últimos meses del año con un ambiente menos riesgoso que permitiera mayor capacidad en la captaciones de visitantes para reavivar la actividad turística.
Hoy, con la crisis económica azotando negocios sin distingo, recurrir a otro cierre de playas -como lo ha planteado el Ayuntamiento de Acapulco- ya no es opción. Es inviable frenar la inercia de una industria turística que avanza con fuerza para cerrar el año con pérdidas económicas menores a las previstas.
Tampoco es válido someter a consultas ciudadanas las acciones a implementar para controlar la pandemia. Este viernes, el gobierno estatal presentó los resultados de una encuesta telefónica donde más del 80 por ciento de los consultados en Acapulco, Taxco e Ixtapa-Zihuatanejo manifestó estar de acuerdo en que se endurezcan las medidas restrictivas previo al periodo vacacional de diciembre.
Eso, en palabras llanas, es un deslinde para no cargar con los costos de esas decisiones como ya lo aplica la Presidencia de la República. Si el escenario post consulta resulta adverso, la autoridad justificará que se trató de una decisión popular.
En la antesala de la segunda ola de contagios de Covid en todo el país, el panorama se enrarece cuando la nueva normalidad apenas se adaptaba a las actividades limitadas y al trabajo parcial, con miras a alcanzar, en lo inmediato, el semáforo amarillo.
La única certeza en medio de la incertidumbre es que las malas decisiones frente a la pandemia resultarán en un desenlace fatal, ya sea por Covid o por hambre.

Pedro Kuri Pheres en Facebook
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