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Magdalena y la desventura de ser mujer

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Por: Solkamiry Robles

 

Durante las vacaciones de diciembre el papá de mi hija vino de visita para pasar con ella un par de semanas, el acuerdo era el de siempre, él la recogía en casa y la traía de vuelta, a excepción de la última vez. En esa ocasión fui a casa de mi ex y la recogí, volvimos juntas a casa.

Tengo 30 años. Magdalena tenía 28 y lo que relato es más o menos lo que ella tenía que hacer para recoger a sus hijos y respectivamente volver a casa. La diferencia es que yo volví, ella no. A Magdalena la encontraron hecha pedazos en el local de su ex marido. En pedazos tal y como estamos emocionalmente muchas personas desde que nos enteramos de este atroz crimen. Escribo desde la víscera porque solamente así nos escuchan, escribo desde la rabia porque también soy mujer y por el simple y sencillo hecho de que Magdalena Aguilar era una persona, un ser humano.

La similitud entre Magdalena y el resto de las mujeres que habitamos este país, es que a ella le pasó lo que le pasa a 7 mujeres a diario en México, son asesinadas por razones de género; por motivos que están enquistados en nuestra cultura, que encuentran sus orígenes en una serie de conceptos que la mayoría de la gente no entiende y tampoco se preocupa por intentar entender. La mataron por ser mujer, porque se puede, porque a nadie le indigna, porque habemos muchas, porque todas estamos en la misma situación y a cualquiera nos puede pasar.

No importa la edad que tengas, tu color de piel, tu status socioeconómico, si estás preparada académicamente o no, si vas en tu coche, en taxi, caminando, en combi o en camión, no interesa si vas vestida en jeans y playera, si llevas vestido, short, falda o si saliste en pijama, no importa si llevas el uniforme del trabajo o de la escuela, si eres alta o bajita, si tienes 8, 9, 10, 15 ó 35 años; nada tiene que ver si eres trabajadora sexual, maestra, oficinista, cocinera, si tienes novio o no, si eres soltera, casada, divorciada o viuda, a TODAS nos puede pasar lo que le pasó a Magdalena, o lo que le pasó a Emeli de 11 años (sí, una niña), quien vivía en Puebla y mientras dormía en su casa fue violada y posteriormente asesinada; o qué tal Valeria también de 11 años, a quien su papá subió a una combi en el Estado de México para que no se mojara, llovía y Valeria y su padre se trasladaban en bicicleta, su cuerpo al igual que el de muchas otras mujeres y niñas fue encontrado ultrajado. No es un solo caso, no son 10, ni 20 ni 50. Se cuentan por miles y nosotras más allá de no querer ser parte de esa estadística simplemente queremos que deje de existir.

Los feminicidios son un tema cultural porque es en la cultura donde encuentran su origen. Están originados y comienzan a conformarse con comentarios del tipo “Legalicen a las de 16”, “Préstame a tu hermana” como si las mujeres fueran propiedad de alguien o una cosa que necesita de leyes para apropiarse de nosotras; se alimentan de publicidad sexista y que cosifica a las mujeres, los feminicidios se nutren del lenguaje excluyente que termina por invisibilizarnos y que deriva en nuestra existencia como poco más que cosas y no como personas con humanidad. Suceden en todo el mundo y a todas horas y no van a parar hasta que queramos informarnos acerca de la violencia de género, porque sanar y salir de esto también es cuestión de voluntad social y consciencia colectiva.

Y antes de concluir o de que comiencen a pensar en una justificación o antes de que interioricen argumentos del tipo “Es que la violencia es generalizada”, “La violencia no es sólo contra las mujeres, nos afecta a todos”, antes de que siquiera piensen en escribir o decir “También matan hombres”, antes de eso les digo: sí, también matan hombres, pero en su gran mayoría no los matan mujeres; sí, la violencia afecta a hombres y mujeres, pero a los hombres no se les culpa de ir ‘solos’, de salir de noche o de ir vestidos de equis manera cuando algo les pasa; sí, aparecen muertos pero no violados, no entran a sus casas exclusivamente a ultrajarlos y matarlos, no los rebanan y esconden sus ex esposas; no están inseguros en espacios públicos o privados, no tienen miedo de caminar de noche. Habrá casos, no lo dudo, pero jamás en la misma proporción que los feminicidios, basta con ver las estadísticas.

No quieran encontrar justificación, la violencia que afecta únicamente a mujeres SÍ existe, no es una ilusión, no es un engaño, no es El Coco, no es un mito, es una realidad presente y latente, es una cultura en la que se enseña con hechos que se puede matar a una mujer y no pasa nada.

Todas somos Magdalena. Todas somos todas.

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