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El regreso a clases presenciales se trata de una decisión compleja, sin duda, pero prolongar el cierre de escuelas acarrearía una crisis educativa y socio emocional entre la población estudianti


La pandemia del Covid-19, tan distante de la agonía, sigue dictando las directrices de la convivencia social muy ajenas a lo deseable.

Mientras otros países han superado la tercera ola y recuperan espacios públicos gradualmente, sin descuidar los protocolos sanitarios que son ya norma humana obligatoria, México se adentra apenas en esa vertiginosa propagación de contagios que obligan a regresar a las fases de riesgo epidemiológico que limitan diversas actividades.

Una ventaja en medio de este súbito y agresivo rebrote de casos activos de coronavirus, si puede considerarse así, es el bajo nivel de defunciones atribuido a los avances en la vacunación nacional que en varias regiones del país, incluido el territorio guerrerense, ya comienza a dar cobertura incluso a la población juvenil de entre 18 y 30 años de edad.

Entre los sectores más castigados por la pandemia, pero quizá menos visibilizado por el severo impacto en actividades productivas, está el educativo y todo lo que comprende: estudiantes, personal docente, padres de familia, escuelas, negocios.

La parálisis en el aprendizaje presencial por el confinamiento está causando secuelas graves en materia de aprovechamiento académico que no han logrado calcularse todavía, pero atizan el de por sí paupérrimo nivel educativo nacional con énfasis en el sur del país, principalmente en el llamado cinturón de pobreza: Chiapas, Oaxaca y Guerrero. En esa franja, el acceso a internet, a televisión y a energía eléctrica en viviendas es mucho más limitado que en el resto del país, elementos esenciales en la educación virtual o a distancia que se implementó desde el año pasado cuando comenzó la emergencia sanitaria.

A nivel nacional, el INEGI reportó que 5 millones 200 mil estudiantes de entre 3 y 29 años de edad no pudieron inscribirse en el ciclo escolar que recién concluyó por efectos de la pandemia y la falta de recursos económicos. Si el periodo 2021-2022 se mantiene del mismo modo, el retraso académico y la deserción por carencias tecnológicas para aprender virtualmente será descomunal.

Para agosto próximo, plazo fatal que ha establecido el gobierno federal para reiniciar las clases presenciales, todo el personal docente ya debería contar con su cuadro completo de vacunas puesto que fue uno de los sectores prioritarios al arranque de la jornada nacional de inmunización.

Para esa misma fecha, la población mayor de 50 y 60 años de edad -considerada la más vulnerable ante síntomas graves y efectos letales de la enfermedad- también estaría cubierta, al igual que padres de familia mayores de 30 años de edad. 

Además, el Covid-19 se adentra ya como mal endémico y así deberán ser adecuadas las políticas en materia sanitaria para afrontarla.
En tanto, la población infantil corre menor riesgo de contagio, de síntomas graves y de muerte por eventuales contagios de Covid-19, aunque no está exenta del todo, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud.

Por ello, el regreso a las aulas es una urgencia para devolver salud mental a niños y adolescentes que llevan más de un año alejados de sus planteles educativos y del contacto con sus compañeros, y reactivar sus habilidades sociales que en casa, frente a una computadora, no lograrán desarrollar.

Adicionalmente, la reapertura de escuelas reactivaría una economía sumamente lesionada de quienes se dedican a la venta de alimentos, uniformes, papelería y material escolar.
El regreso a clases presenciales se trata de una decisión compleja, sin duda, pero prolongar el cierre de escuelas acarrearía una crisis educativa y socio emocional entre la población estudiantil que, sumada a las dificultades económicas y sociales, representarán una adversidad igual o mayor a la sanitaria.

Pedro Kuri Pheres en Facebook
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