Dark Light

Cuando veía en las series a las amas de casa al borde de una crisis nerviosa me identificaba por completo con ellas. Llega un punto en la vida de toda ama de casa en el que deseas huir, correr y gritar que estas ‘hasta la madre’ de todo y sobre todo de todos.

Los gritos constantes de los niños, la indiferencia de mi marido ante estos y los regaños constantes de mi jefe hacían de mi vida algo miserable.

Mi vida se había convertido en lo que siempre odie, una monotonía que parecía eterna: levantarme temprano, levantar a todos los integrantes de la familia (perro incluido) bañar, cambiar y peinar a los niños; hacer el licuado, huevo, digo no es de dios mandar a los nenes a la escuela sin nada en el estómago, con la ‘panza sola, no se aprende’  decía mi abuelita. Y así yo era la encargada de mandar a todos al mundo.

Después, recoger a los niños de la escuela, hacer las tareas, buscar la cartulina o las impresiones sobre la vida de Benito Juárez o el ‘porfiriato’ a media noche y desear como nunca poner la cabeza en la almohada para dormir plácidamente. 

Atrás habían quedado las reuniones con las amigas, las noches de fiestas improvisadas y las sesiones de sexo salvaje con mi marido. Todo eso era un recuerdo. Me sentía tan sola, triste e incomprendida que mi amargura la externé con gritos a los niños y reclamos a mi esposo.

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Una mañana, después de mandar a los niños a la escuela y al marido al trabajo, llegué al mio. En mi oficina estaba mi jefe, un chaparro sesenton que no podía ocultar su enorme panza con ese traje que portaba. Él es su nuevo ayudante -me dijo- señalando a un joven como de unos 25 años.

A pesar de que ya pasaba los veinticinco años, su rostro parecía el de un adolescente. De estatura baja y con unos enormes y hermosos ojos color cielo el chico solo alcanzó a hacer un gesto de aprobación con la cabeza.

Conforme pasaba el tiempo, me di cuenta de la eficiencia y la cooperación del muchacho. Hacía cualquier cosa que le mandará sin hacer siquiera un gesto de desagrado. Poco a poco se fue ganando mi confianza y cuando menos pensé ya era mi confidente.

Las largas horas que pasamos juntos hicieron que surgiera en ambos un lazo que no había entablado con nadie más. Empecé a desear su presencia, extrañaba sus platicas, en pocas palabras deseaba su compañía. 

Una tarde, después de una larga y pesada jornada laboral, deshaciéndose de la timidez que yo pensaba tenía me invitó un café. Accedí. En el lugar, me tomó de la mano y me dijo que yo representaba para él la mujer ideal. Sus palabras me regresaron la juventud, la inocencia e ilusiones que la acompañan. Me sentía deseada de nuevo.

De pronto se produjo un cambio en mi, sonreía como tonta por todo, no había nada que me molestara; los gritos de los niños por toda la casa eran como los cantos de los ángeles, la indiferencia de mi esposo no importaba ¡que fuera feliz en su mundo!. Adiós regaños, adiós reclamos.

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Presioné el seguro de la puerta de la oficina. No podía arriesgarme a que alguien nos descubriera. Y así los ‘encerrones’ se hicieron más y más frecuentes, y las cosas que pasaban dentro más candentes. Si se tratara de alguna novela de realismo mágico, nosotros hubieramos incendiado el lugar.

Los besos y las caricias apasionadas que recibía por ese joven me habían devuelto a la vida, me mostraban un mundo que consideraba perdido, me regresaron las ganas de vivir, de experimentar… de sentir.

Pero como en todo, la bonito duró muy poco. Y pasó lo que temía: el chico se enamoró. Cuando uno se enamora pierde todo contacto con el mundo real, y al parecer eso le pasó. Los reclamos ahora los recibía yo, quería que dejara a mi esposo y comenzara una vida con él. Imposible.

Y así, los besos se convirtieron en reclamos y aquellas caricias que me erizaban la piel en coraje. No puedo continuar, esto tiene que acabar, me decía a diario. Para empeorar la situación, la culpa se presentó en mi corazón. No podía ver a mis hijos, a mi esposo, aquel hombre al que le juré fidelidad ante un altar 10 años atrás.

¡Terminar! era el siguiente paso que tenía que dar y así lo hice. Trate de explicarle al chico que lo mejor era que lo ‘nuestro’ terminara, a él le esperaba una vida por delante, necesitaba una chica de su edad, sin un pasado como el mio. Él se merecía algo más.

Para suerte mia, su contrato terminó y cuando mi jefe me preguntó si quería que lo renovara, le dije que no, excusándome en que yo podía con toda la carga. No deseaba que él se fuera, dejando una mala impresión en la empresa, por el contrario, mencioné todas la cualidades de aquel responsable joven.

No me atrevía a confesar mi ‘desliz’, mi marido no me lo hubiera perdonado y yo no quería perderlo. Se que la honestidad y el respeto son los pilares de una relación. Pero no deseaba arriesgar de esa manera la mia.

Ya pasó algún tiempo de mi ‘canita al aire’ y aún llevó la culpa como un tatuaje que no puedo eliminar y que duele. Cada que mi marido hace algo lindo por mi, me siento mal. Le fallé.

Dicen que uno no debe de arrepentirse de lo que hace, pero si yo pudiera regresar el tiempo rechazaría la invitación a un ‘café’ de un chico tímido y de bello rostro que trabajaba conmigo. Puedo decir que a partir de ahí, las levantadas temprano, la papelería a media noche, la indiferencia de mi marido y sobre todo mi histeria la disfruto más que nunca.

A fin de cuentas es la vida que yo decidí llevar, cambiarla depende de mi. Pero el ver que podía perder a mi familia me hizo valorarla.

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