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La actividad criminal y el modus operandi de la Mara Salvatrucha ha sido el centro de muchas investigaciones, pero destaca una en la que el objeto de estudio es la violencia que padecen los integrantes de esta organización internacional con presencia en El Salvador, Honduras y Guatemala.

El doctor Alfredo Nateras Domínguez realizó trabajo de campo con los integrantes de la pandilla del Barrio 18, en El Salvador, para analizar desde una perspectiva etnográfica el significado que dan a la hermandad, a los tatuajes y al grafiti, a los ritos de iniciación, a la religión e incluso al uso de drogas.

Por medio de entrevistas y la recopilación de información académica, de asociaciones civiles y trabajadores comunitarios, el profesor investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) unidad Iztapalapa, da cuenta del sentido que “los maras” dan a la violencia y la muerte, a partir de testimonios sobre cómo han sido asesinados por la policía y ejecutados por escuadrones de limpieza social.

El también coordinador general del diplomado Culturas Juveniles. Teoría e Investigación que se ofrece en esa casa de estudios, comparte con la Agencia Informativa Conacyt lo que representó convivir con esta agrupación para entender —a partir de los testimonios— las motivaciones para que estos jóvenes se integren a ellas, como la pobreza y la falta de oportunidades.

Aunque también retrata la faceta ambivalente, pues además de ser miembros sanguinarios muestra que son padres amorosos, parejas leales e integrantes comprometidos y preocupados por la pandilla.

Con este trabajo de investigación, traducido en el libro Vivo por mi madre y muero por mi barrio se doctoró en ciencias antropológicas, siendo reconocido con el primer lugar en el V Concurso Nacional de Tesis sobre Juventud del Instituto Mexicano de la Juventud en 2011, y que le mereció la publicación de la obra para ser distribuida en universidades, centros de investigación y bibliotecas públicas.

Esta obra tiene ya una segunda edición bajo el sello de la editorial Tirant Lo Blanch y la UAM Iztapalapa, por lo que se encuentra disponible en librerías e Internet.

Agencia Informativa Conacyt (AIC): ¿Qué es Vivo por mi madre y muero por mi barrio?

Alfredo Nateras Domínguez (AND): Este libro da cuenta del trabajo de campo que hice en Centroamérica entre 2008 y 2009 en la región que se conoce como el “triángulo norte”, que incluye los países de El Salvador, Honduras y Guatemala. Ahí logré hacer un trabajo de campo y una inmersión con la Mara Salvatrucha, en la pandilla del Barrio 18, y recopilar información con asociaciones civiles, académicos y trabajadores comunitarios.

Lo que hago es reconstruir los sentidos y significados que le dan a la violencia y a la muerte estos agrupamientos. En el trabajo invierto el eje de análisis porque regularmente la mayoría de las investigaciones apuntan y colocan a los jóvenes y a las pandillas como los sujetos que ejercen la violencia, y regularmente no se coloca en el eje de análisis cuando estos agrupamientos las padecen.

Reconstruí testimonios de estos jóvenes, de cómo han sido eliminados y asesinados, recogí relatos de lo que viven en las cárceles.

mara recuadro 427El trabajo viene acompañado por un trabajo etnográfico con fotografías, y al mismo tiempo este libro da voz a los protagonistas sujetos de eliminación y de violencia.

AIC: Más allá de la evidencia científica que recoge, el trabajo que realizó implica observar las historias, muchas crueles. De manera personal, ¿qué significó este acercamiento?

AND: Cuando viajé a Centroamérica tuve trabajo de campo durante cuatro meses, de país en país caminando los barrios, y no me imaginaba las situaciones de precariedad y vulnerabilidad en la que están esos agrupamientos.

Otro aspecto que me impactó fue la vida cotidiana, las historias y biografías de esas personas. La mayoría de los barrios que recorrí son barrios miserables, de mucha pobreza, lugres donde huele a pobreza.

En el contacto que tuve me asombró la forma en que ven la muerte, un asunto que está presente todo el tiempo, ya sea cuando matan o cuando son aniquilados.

Fue un impacto fuerte, y como investigador se tradujo en que empecé a sentir miedo y mucha fragilidad; me di cuenta que estaba corriendo riesgo mi integridad física al momento de investigar.

En algún momento de mi estancia me cansé, me harté de tanta muerte, de tanta historia, incluso la Mara se introdujo en mis sueños y empecé a tener problemas de insomnio y ansiedad; una de las formas en que los disminuía era bebiendo. Cuando volví a México me dijeron que había sufrido una situación traumática porque me involucré en una situación que me rebasó, porque eran momentos al límite.

Aprendí que hay barreras infranqueables que como investigador no debes rebasar, al contrario, las debes respetar porque la vida está en riesgo.

AIC: ¿Qué satisfacción le deja este trabajo?

AND: La satisfacción es que pude documentar algo que difícilmente se puede documentar, para que a través de las entrevistas y los datos que recabé dar cuenta que aunque un mara puede ser el joven más sanguinario, es preciso entender cómo llega a serlo y a ejercer ese tipo de violencia.

Y mostrar, según los mismos testimonios, que pueden ser padres muy amorosos, ser muy leales con su respectiva “jaina” —como denominan a sus parejas—, que pueden estar preocupados por la parte social de la pandilla.

Parte de mi satisfacción es que sí logré dar voz a los que regularmente no tienen voz.

AIC: ¿En el libro se da una directriz sobre la presencia de estos grupos en México?

AND: El libro no lo trata pero narra que estamos frente a agrupamientos trasnacionales porque tienen vínculos con otros países, especialmente con Estados Unidos, con Sudamérica e incluso con países de Europa, como Italia y España.

No lo expliqué en la obra, pero sí tenemos datos de qué está sucediendo en el caso mexicano, porque parece ser que nuestro territorio —salvo la frontera sur con Guatemala— la Mara lo utiliza solo de tránsito hacia Estados Unidos o que ya fueron deportados y que por algún motivo están intentando ingresar nuevamente a ese país.

Tomado de CONACYTprensa

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