María Trinidad Ramírez Poblano conoció a Pablo Díaz en su peluquería, él buscaba una lavandera, y esta se ofreció y se comprometió a lavar y planchar las filipinas que el peluquero solía usar en su trabajo. Al poco tiempo, Pablo comenzó a cortejarla, compitiendo con Jesús Ávila, un vecino, quien solía comprarle tamales a diario.

Jesús se retiró cuando María Trinidad que había encontrado un nuevo esposo y un nuevo hogar. Al principio, ella estaba feliz pues su marido no tenía apenas vicios.

Sin embargo, al poco tiempo, Pablo se dio cuenta que María ganaba más dinero vendiendo tamales que él en su propia peluquería. Fue así que decidió dejar de trabajar, para convertirse en un mantenido y se dedicó a pasar las horas frente al televisor.

La venta de tamales era el pilar de la casa

La venta de tamales ascendía a unos doscientos diarios, siendo los domingos el día más rentable y todo ese dinero iba a parar a los bolsillos de Pablo. Era él quien “administraba” los ingresos, dejando algunos centavos para la subsistencia de la familia y el resto iba destinado a las funciones de lucha libre en la Arena Coliseo.

Tenía billetes de sobra para apostar y cuando ganaba, la satisfacción era tal que regalaba algunas monedas a los niños. Esto mantenía viva la esperanza de María Trinidad sobre la posibilidad de contar con hijos en su futuro con Pablo.

Ella ya contaba con cinco hijos, tamalera de oficio, la madre soltera pensó que al unirse con Pablo había conseguido completar su hogar, y se sintió protegida. Sin embargo, sus sueños se vieron truncados cuando comenzó a vivir un auténtico infierno.

La protección hogareña nunca llegó

Tras tres años de convivencia, como ya era costumbre, Pablo golpeó duramente a sus tres hijastros. Como castigo les prohibió cenar por haber machado unas prendas limpias cuando saltaban sobre la cama. María Trinidad escuchó los gritos desgarradores de sus hijos, a quienes estaba golpeando con cintarazos. Ella sintió esos cintarazos como si estuviesen marcando su propia alma, le dolía, le hacían sangrar y sus viejos rencores iban a estallar la noche del sábado 17 de julio de 1971.

Después de la tormenta vino la calma, pero la decisión ya estaba tomada. Los niños dormían en otra habitación cuando María Trinidad agarró un bata de beisbol, y lo estrelló con fuerza sobre el cráneo de su marido, mientras este dormitaba frente al televisor. La madre soltera se convirtió en una mujer asesina que nunca esperó ser.

Un homicidio de puro rencor

Pablo no tuvo tiempo de reaccionar, cuando le vino el segundo batazo que le propinó con furia y el cual destrozó su cráneo. María Trinidad quería descargar todo el rencor acumulado.

Pablo era de constitución fuerte, no fumaba ni bebía y además era aficionado a los deportes, por lo que soportó hasta cuatro golpes sin morir. Por unos momentos, la tamalera se angustió y entró en pánico. Le desesperaba la idea de que sus hijos pudieran verla. Además, si él se recuperaba, de seguro la mataría.

Pablo convulsionó. Para evitar que se levantara pensó en deshacerse del cadáver. Salió sigilosamente de casa y pidió un hacha prestada a su arrendadora, quien vivía muy cerca. Le explicó que era para partir el ocote que iba a usar para encender el brasero donde cocinaría los tamales.

La tamalera volvió a casa, desnudó a su marido y desmembró sus piernas. El cuerpo se revolcó y tras tres minutos, finalmente murió. Tras esto, siguió cortando los brazos. Los niños hicieron caso omiso de los ruidos, pues estaban acostumbrados a las ruidosas actividades de su madre, por lo que María tuvo el tiempo suficiente para terminar el trabajo.

El culmen de la obra de la tamalera llegó en la madrugada del domingo, y aunque solo pudo valerse de la luz del televisor, dejó la habitación casi perfectamente limpia, al igual que sus prendas. Tras deshacerse de las partes que cupieron en un costal de la Conasupo, María Trinidad pensó que era mejor no solicitar un recipiente grande en plena madrugada, pues la haría automáticamente sospechosa. En su lugar, guardo la cabeza de su marido en el bote tamalero, el cual escondió bajo su cama.

Se le acabó el tiempo para deshacerse de la cabeza, pues había perdido mucho tirando los restos en distintos lugares. Ahora tocaba disimular, y salir a vender como todos los domingos frente a una panificadora en Ermita Iztapalapa en Ciudad de México.

La resolución más rápida de un caso de homicidio

El caso de “La Tamalera” fue un trabajo increíble por parte de la policía, pues resolvieron el crimen en tan solo seis horas. La empleada doméstica de una vecina del barrio, la señora Esperanza Hernández, sospechaba que en un costal abandonado había pollos muertos que la granja cercana no esperaba a tirar cuando pasaban los camiones.

Cual fue su sorpresa cuando se dio cuenta que lo que contenía el costal no eran pollos, sino restos humanos. La policía actuó rápidamente, y consiguió identificar las huellas dactilares de los restos. Estos correspondían con Pablo Díaz Ramírez, 53 años, peluquero de oficio, quien cambiaba de nombre para eludir investigaciones por sus antecedentes de caco.

Tras localizar su dirección los agentes se presentaron allí donde encontraron a los tres hijastros, y a falta de otro sospechoso, detuvieron al marido de una de las hijas mayores de Trinidad, Mario Reséndiz.

Ya en los interrogatorios, y tras hacer un estudio del cadáver, el forense matizó que la cabeza del peluquero parecía macerada. Cuando increparon a María Trinidad sobre el homicidio, esta soltó algunas lágrimas y confesó su incontenible rencor. Ella aseguró que nadie más era responsable del crimen: “yo lo planeé, y lo realicé sin más ayuda que mis propias fuerzas”.

Aunque los agentes sospechaban que la Tamalera intentaba exculpar a su hijo, carnicero, y a su yerno, finalmente la encontraron culpable. Cuando fueron a detenerla, la encontraron tranquila escuchando la radio con sus hijos, y ella simplemente dijo: “nunca pensé escapar”.

María Trinidad nunca distorsionó su versión de los hechos, y cuando cumplió el tiempo establecido para pedir su libertad, abandonó el cautiverio. Fue directamente a la Basílica de Guadalupe y luego a Tequisquiac, donde sus parientes la apoyaron para pasar allí el resto de su existencia.

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