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¡Sálvese quien pueda! O acepten el destino de los parias morales, que es el de la guillotina de la cancelación.

En un mundo dividido en posturas antagónicas –dicotómico–, un velo cegador de las ideas y de la razón acecha por igual tanto a las sociedades como a las comunidades y a las personas. 

A partir del auge de la cultura de la cancelación y de la intolerancia hacia el pensamiento distinto –aun cuando este no rebasa los límites que garantizan la igualdad, la inclusión y la no discriminación– ha florecido un ejército de moralistas de corte autoritario.

No se nos ocurra fijar posturas que no vistan la última temporada del progresismo y mucho menos atrevernos a disentir de aquellas posturas políticamente correctas, aun cuando esto resulte un desafío a los más elementales principios de la razón. 

¿Cual es la frontera razonable para determinar el exceso o la insuficiencia de la defensa de la corrección política? Probablemente dependerá del sujeto, de su historia de vida, de su contexto actual y de la carga ideológica que desde temprana edad hubiere recibido sin haber tenido oportunidad de resistirse a ella. Pero eso no importa a la causa del moralismo impositivo.

A quienes ahora encarnan lo políticamente correcto no les hace falta ser especialistas en esto o aquello, lo mismo pueden juzgar la política pública que la práctica ancestral, pues empuñan la espada de la superioridad moral. No se necesita nada más que la convicción de que se defienden las causas más justas.

El diálogo y el debate respetuoso tampoco están sobre la mesa, sino por el contrario, deben evitarse y juzgarse por ser representación de una resistencia al sometimiento de las únicas ideas válidas, esas que no requieren fundamentación ni motivación porque surgen de una especie de epifanía que devela “aquello que es correcto”; ni más, ni menos.

Si aceptamos la hipótesis que afirma que los estándares del pensamiento moral incrementan y aceleran su evolución conforme se da la sucesión de nuestras generaciones, entonces podemos vaticinar la inminente consolidación de la dictadura de la corrección política.

¡Sálvese quien pueda! O acepten el destino de los parias morales, que es el de la guillotina de la cancelación.

**En honor al Doctor Alejandro Nava Tovar, espléndido jurista y virtuoso filósofo que recientemente publicó una ácida pero necesaria obra intitulada “Populismo punitivo. Crítica del discurso penal moderno”, México, INACIPE – ZELA, 2021.

Escribe.- Salvador Hernández Garduño. 

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