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Más allá de un pago de favores, transformar la realidad del pueblo de Guerrero sería un verdadero acto de justicia social y sólo quedan poco más de tres años para conseguirlo.


La crisis arrastrada por Guerrero en materia económica no puede atribuirse a la pandemia que -sería ominoso no aclararlo- solo la agudizó.
El Covid-19 es otro factor más en el frustrado intento de desarrollo regional que ninguno de los gobiernos estatales ni municipales de los últimos 20 años ha logrado apuntalar, pese a su diversa identidad partidista e ideológica.
Esta administración federal, la primera de izquierda, tiene como prioridad entregar dinero a familias guerrerenses de escasos recursos y población vulnerable, pero se trata de una estrategia paternalista, quizá con dejos de justicia social, que no resuelve problemas de fondo para revertir la pobreza ni propician un dinamismo de actividades productivas.
Y aunque Guerrero ha resistido todo tipo de embates naturales, sociales, políticos, violentos y sanitarios, toda fortaleza tiene debilidades y una de estas es Acapulco, corazón y sostén económico de esta entidad que sortea años de malas decisiones de Ayuntamientos. Resultado de ese extravío gubernamental es el brote de aguas negras que inunda calles y extiende una ola pestilente en diversos puntos de la turística Costera, de avenida Cuauhtémoc y colonias urbanas y suburbanas. Tampoco puede obviarse el delicado número de escurrimientos residuales a la bahía, nuestro principal atractivo natural, lo mismo en la zona Tradicional que en el Acapulco Dorado.
Esa problemática concerniente a la Comisión de Agua Potable y Alcantarillado del Municipio se extiende al resto de los servicios públicos como las deficiencias en la recolección de desechos y la proliferación de basureros clandestinos que invaden terrenos de la zona Diamante.
A esto debe agregarse la falta de planeación para efectuar obra pública de calidad y necesaria para la infraestructura de la ciudad.
Entre una imagen descuidada y todos los efectos de la pandemia, Acapulco ya no resiste más.
Los gobiernos electos en Guerrero y Acapulco tienen frente a sí un reto colosal para “transformar” la imagen de esta entidad, referencia inmediata de la pobreza en México, y la del puerto misma para capitalizar su potencial turístico que agoniza.
En esta ocasión existe una fórmula política que no puede ni debe fracasar: el gobierno federal tendrá en Guerrero una gobernadora de la misma filiación política y una alcaldesa en Acapulco por igual, además de una mayoría en el Congreso federal y el local. Mismos objetivos, mismos ideales, sin resquicio a divergencias.
Es el momento de reciprocidades con ventajas mutuas.
La Cuarta Transformación tiene la oportunidad de poner a Guerrero como paradigma de su modelo de gobierno con acciones efectivas contra la pobreza, la desigualdad y la corrupción. Aquí está gestada la lucha política de la izquierda que permitió a Morena llegar al poder y el progreso, la prosperidad y el bienestar social de forma igualitaria son una retribución obligada por la sangre, los desaparecidos y la lealtad de esta entidad hacia el presidente y su proyecto político.
Más allá de un pago de favores, transformar la realidad del pueblo de Guerrero sería un verdadero acto de justicia social y sólo quedan poco más de tres años para conseguirlo.
Pedro Kuri Pheres en Facebook
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