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Cultura plástica / Por Pedro Kuri

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Tan solo en diciembre pasado, durante el periodo vacacional más fuerte del año, las playas de Acapulco acumularon unas 100 toneladas de basura diariamente. El grueso de ese volumen de desechos eran botellas y envases a base de PET, así como bolsas y artículos plásticos.
El plástico es, sin duda, la nueva amenaza ambiental. De acuerdo con Naciones Unidas, 13 millones de toneladas de ese material descargan en los mares del mundo anualmente, aniquilando fauna y recrudeciendo el cambio climático. Y es que la degradación de una botella plástica puede llevar hasta 1.000 años, según expertos, y una bolsa del mismo material hasta 100 años. Generaciones pasarán y, lamentablemente, el plástico seguirá presente en la Tierra.
Por ello, resultan plausibles las modificaciones a la Ley 593 de Aprovechamiento y Gestión Integral de los Residuos del Estado de Guerrero que sanciona, desde el pasado 03 de octubre que entró en vigor, proporcionar o usar cualquier tipo de bolsa de plástico, envases de poliestireno expandido (unicel), popotes y utensilios de plástico de un solo uso.
A partir de la fecha referida, pues, ningún establecimiento comercial, de alimentos u otros giros podrá manejar ese tipo de materiales.
Sin embargo, la creación o modificación de toda ley requiere, previamente, un estudio sobre su impacto social, político o económico. En el caso que nos concierne, diputados locales pasaron por alto un análisis sobre los efectos económicos que esta ley tendría por ser de los productos más utilizados en el sector comercial.
Dicho esto, los empacadores de carne y pollo surtido en tiendas de autoservicio o algunos centros de abasto popular deberán recurrir a otro tipo de material, quizá biodegradable, que aumentará el costo de la preparación del producto y, en consecuencia, alterará el precio final al consumidor.
Lo mismo ocurrirá en establecimientos dedicados a la venta de alimentos preparados que surgen comida a domicilio o para llevar y utilizaban -porque en teoría ya  no tendrían que hacerlo- envases de unicel o recipientes plásticos. Al mismo dilema se enfrentarían, además, los cinemas que expenden sus productos del área de dulcería en envases plásticos y hacen usos de popotes, solo por mencionar algunos establecimientos afectados.
Tampoco se valoró cómo despacharán en adelante, en el caso de lo mercados municipales, los vendedores de verduras y frutas a granel que deben pesar el producto y cómo el consumidor distribuirá su carga de compra en esos lugares.
El propósito de la ley es bueno. La salvaguarda del planeta y de nuestro entorno no está a cuestión.
Es menester implementar estrategias que eviten el deterioro ambiental porque el calentamiento global es una realidad omitida que sigue manifestándose con temperaturas extremas, fenómenos naturales más severos y la muerte de especies que no exime a la nuestra, la humana.
Sin embargo, toda medida drástica requiere medir alcances y consecuencias, así como plantear alternativas inmediatas a las problemáticas expuestas.
Otro aspecto, quizá el más importante y, a la vez, el menos atendido, es el cultural. Sin una cultura implantada en nuestra sociedad sobre el cuidado del medio ambiente, difícilmente se logrará cumplir el cometido de preservar el entorno y ninguna ley, por muy coercitiva o estricta que sea, será suficiente para revertir el daño ya padecido.

Pedro Kuri Pheres en Facebook
@pedrokuripheres en Twitter
acapulco.ok@gmail.com

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