En los hechos, la política pública más apuntalada por la Cuarta Transformación, hasta ahora, es la exterior.
Ni el rubro de seguridad -severamente cuestionado tras el fallido operativo en Culiacán y el asesinato de la familia LeBaron- ni el social, han recibido el apoyo político y presupuestal depositado a las acciones más allá de nuestras fronteras.
Es abierto interés de Andrés Manuel López Obrador dejar bien parado a su gobierno frente a otras latitudes, más allá de lo que opinen millones de mexicanos en espera de una fase nacional próspera y armoniosa, a manera de ganar legitimidad internacional en torno a su proceso transformador cuyas bases no terminan de fraguar.
Solo así puede explicarse que el gobierno federal planee destinar 30 millones de dólares a Honduras para aplicar en ese país Sembrando Vida y Jóvenes Construyendo el Futuro, dos de los programas insignia de este gobierno que buscan generar empleos en el sector agrario y afianzar una autosuficiencia alimentaria mediante el rescate del campo.
Una cantidad similar para el mismo propósito será «donada» también a El Salvador y Guatemala, pero Haití y Cuba también están previstos en esa estrategia del Plan de Desarrollo Integral del gobierno mexicano.
Son 90 millones de dólares nada despreciables que bien podrían aplicarse en Guerrero para, como lo prometió en campaña el presidente, erradicar la pobreza que padece nuestra entidad.
En tanto, el gobierno de López Obrador quiso vanagloriarse también en la escena diplomática al conceder asilo político al depuesto presidente de Bolivia, Evo Morales, pese a los costos que esto implica en lo interno -la estadía del político andino ha crispado a sectores de la población, en medio de una aguda polarización por temas de índole nacional- y con nuestro principal socio comercial y vecino inmediato: Estados Unidos.
Para López Obrador, las críticas sobre los gastos por la permanencia indefinida de Morales y un grupo de ex funcionarios y legisladores bolivianos son parte de una actitud mezquina del «conservadurismo» que elude reconocer los logros de Morales como primer gobernante indígena del continente.
Sin embargo, el malestar no deviene del buen o mal papel de Morales durante su mandato; es causado, más bien, por el empeño del presidente de México de cobijar una causa política afín a su tendencia ideológica sin consultar al pueblo bueno, como también ofreció hacerlo en temas trascendentales.
El extravío del gobierno federal sobre los asuntos prioritarios para el país atiza la incertidumbre ciudadana sobre el rumbo económico y social del país,  y prende alertas en Washington donde, de por sí, se observa con recelo la estrategia de seguridad nacional que apuesta por la no violencia frente a los embates del cine organizado para evitar un baño de sangre, un argumento paradójicamente similar al esgrimido por Evo Morales al dimitir a la presidencia de Bolivia.
López Obrador no ha perdido la simpatía del grueso de la mayoría que votó por su proyecto en la pasada elección presidencial, pero el descontento social por decisiones equivocadas puede brotar de un momento a otro si persiste esa actitud cómoda de eludir los temas lastimosos para la población, como le sucedió a su ahora asilado político boliviano.

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