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Calandrias ambientales / Por Pedro Kuri

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Los procesos y acciones oficiales para refrescar la imagen de Acapulco han pasado por alto la creatividad y la necesidad de conservar, en lo posible, un entorno de calma y tranquilidad que no ofrecen las urbes de donde provienen nuestros principales visitantes. La zona turística, indefectiblemente, ha sido alcanzada por el desordenado crecimiento urbano de la ciudad, a falta de planeación y decisión de autoridades en turno.

Al paso de los años, en la postal de Acapulco las calandrias son un elemento inamovible y parte de una tradición obligada entre el turismo que arriba a las zonas Dorada y Tradicional, así como los paseos en lanchas de cristal o en yates de recreo.

Los nuevos tiempos y una legislación en materia ambiental, sin embargo, obligan una adecuación de tajo en esos vistosos vehículos:  el retiro de caballos que los arrastran. Mediante esa medida, según autoridades ambientales, se buscará proteger a los equinos ante lo que consideran un acto de maltrato, en apego a la Ley de Bienestar Animal aprobada en 2014.

Si bien es plausible el proceso de sustitución de los equinos, aunque absurdamente esto aplique seis años después a partir del próximo 16 de diciembre, resulta ofensiva e inaudita la propuesta de incorporar cuatrimotos para el arrastre de las calandrias. No puede entenderse como una alternativa viable para hacer valer una ley ambiental, cuando las cuatrimotos consumen gasolina y generarían ruido en su transitar por la Costera para incomodidad de los pasajeros.

En Guadalajara, desde el año pasado, sacaron de circulación a los caballos de sus tradicionales calandrias, con aspecto de carruaje, implementando una medida que no menoscabara la economía de familias dedicadas a esos paseos turísticos ni la imagen de esa ciudad.

Se trata de vehículos con motor eléctrico, cuya velocidad máxima es de 25 kilómetros por hora y capacidad de hasta seis pasajeros, adquiridos bajo un esquema de comodato a 99 años, con la participación de una empresa dedicada a explotar publicitariamente la parte trasera de las calandrias. Si la concesión no se renueva los primeros 20 años, los calandrieros pasan a ser los dueños del vehículo.

Como Guadalajara, Acapulco tiene capacidad inventiva, pero tanto autoridades como el sector empresarial se han entrampado en una suerte de letargo nocivo, producto del conformismo por conservar un turismo doméstico que sólo recurre a este destino dada su cercanía carretera con el Centro del país.

Agotados los atractivos, es menester recurrir a modelos que, más allá de ir en detrimento de la imagen del puerto, conserven la parte nostálgica y tradicional, como las calandrias, e innoven en busca de nuevos nichos de mercado. Es renovarse o morir. No hay otra fórmula.

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acapulco.ok@gmail.com

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