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AMLO, entre el ser o no ser / Por: Pedro Kuri

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La crisis política de Venezuela registró esta semana su inflexión más dura y
decisiva a partir de la proclamación de un “gobierno paralelo” a cargo de Juan
Guaidó, líder de la Asamblea Nacional de ese país que desafió al régimen
chavista de Nicolás Maduro, a quien acusa de usurpador del poder. La aparición
de un “presidente encargado” en Venezuela dividió a esa nación suramericana,
pero también evidenció las profusas diferencias políticas entre los países de
nuestro continente.

El joven Guaidó concitó, por supuesto, el respaldo de gobiernos de derecha y de
la mayor potencia de América y el mundo, Estados Unidos, así como de la
Organización de Estados Americanos (OEA), abierta detractora de la permanencia
de Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores por otro periodo de gobierno más.
Sólo Cuba, Bolivia, Nicaragua y El Salvador, cuyos gobiernos simpatizan con los
postulados bolivarianos de Chávez encarnados por Maduro, consideraron ilegítimo
el alzamiento del opositor Guaidó.

México, al amparo de su política no intervencionista, manifestó una postura similar
a la de Uruguay de no desconocer al presidente arropado por las fuerzas armadas
venezolanas e invitar, más bien, a resolver por la vía pacífica los diferendos entre
grupos antagónicos de ese país que han dejado un saldo de 11 personas muertas
en los últimos días.

El tufo de un chavismo deformado por Maduro y sus efectos adversos en una
economía que, en la praxis, no debería padecer una crisis social como la actual si
consideramos su riqueza petrolera, llegan irremediablemente hacia territorio
mexicano. Desde su campaña hasta la actualidad, el presidente Andrés Manuel
López Obrador ha sido comparado por sus opositores, de forma crítica y a veces
hasta despectiva, con el desaparecido Hugo Chávez, y han advertido de los
riesgos de una “venezolanización” en México.

Hacer pronósticos catastrofistas en esa tesitura son arriesgados, pero, hasta el
momento, la política exterior mexicana en torno al caso Venezuela asoma cierta
comunión, por supuesto preocupante, del Gobierno federal con Nicolás Maduro.
Incluso, cabe recordarse, el presidente venezolano fue invitado por López Obrador
a su toma de protesta, pese a los reclamos y muestras de rechazo sobre su
presencia en nuestro país.

Tanto el presidente mexicano como su canciller, Marcelo Ebrard, han descartado
un rompimiento en las relaciones diplomáticas con Venezuela, como ya lo hizo
Estados Unidos, cuyo equipo recibió un ultimátum de Maduro para salir de su
nación en 72 horas. Sin embargo, en franca contradicción con su inicial postura
anti intervencionista, el gobierno mexicano planteó la posibilidad de fungir como mediador entre Maduro y Guaidó, a través de la Secretaría de Relaciones
Exteriores, sólo a petición de parte.

En esta coyuntura, resulta omiso no condenar el modelo político-económico
aplicado en ese país que es factor de migración masiva de sus habitantes y de
depreciación de su moneda.

Por ello, el episodio Venezuela es decisivo para López Obrador ante dos
escenarios: desmarcarse de tajo del estigma chavista que se la he asestado por
su visión de nación o, también, reconocer tácitamente una afinidad con ese
modelo de gobierno rechazado por el grueso de las naciones americanas y, por
ende, dar la razón a sus opositores que lo catalogaron como un peligro para
México.

Pedro Kuri Pheres en Facebook
@pedrokuripheres en Twitter
acapulco.ok@gmail.com

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