Dark Light

Estados Unidos ha sido artífice de diversos golpes de Estado en naciones que amenazan sus intereses políticos y económicos globales, lo mismo en América Latina que en otras latitudes continentales. Documentos desclasificados de la USAID, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, dan cuenta de la injerencia norteamericana en la caída de “mandatarios riesgosos” y la imposición de personajes afines para mantener su estatus de nación toda poderosa. 

El miércoles, Donald Trump, quizá el presidente más repudiado del pasado reciente en su país y el mundo (no se recuerda una animadversión de tal magnitud desde Herbert Hoover ante la Gran Depresión), evocó ese espíritu golpista, pero -de forma insólita- en su propio territorio. Para su desgracia, la intentona por echar abajo la elección de Joe Biden como su sucesor, alentando a actos violentos de grupos radicales identificados como ultraderechistas y supremacistas blancos, no prosperó, y el demócrata tomará protesta como el presidente número 47 de los Estados Unidos el próximo 20 de enero. 

El hecho ominoso marcará la historia política de esa nación, pero también representa una lección temprana para la nuestra. 

Las afinidades que guardan Trump y el presidente Andrés Manuel López Obrador son inevitables y justifican algunas preocupaciones sobre el rumbo de México a partir de las próximas elecciones y el desenlace de este sexenio. 

Trump y López Obrador comparten una obcecación exacerbada sobre la realidad de sus países, afanados en sus verdades, como el descontrol de la pandemia en ambos lados de la frontera norte y el impacto económico de la misma. Tanto en Washington como en Palacio Nacional, la crisis derivada del Covid-19 no figura como un asunto de seguridad nacional ni prende los focos de alerta. 

Por paradójico que resulte dados sus orígenes e ideologías políticas, ambos presidentes exudan una intransigencia ensimismada cuando los errores de sus políticas públicas y acciones de gobierno son evidenciados. 

Los ataques sin cortapisas contra sus adversarios, como parte de una estrategia de gobierno, son parte del fenotipo de Trump que López Obrador emula casi al mismo estilo para defender su gobierno y sus decisiones.

Lo más delicado es que Trump ha sido abierto promotor de un discurso de odio que ha enfrentado a los estadunidenses hasta resquebrajar a su país con hechos como el ocurrido en el Capitolio. 

Desde el inicio de su mandato, pese a sus buenas intenciones previas, el presidente mexicano también sostiene una ofensiva discursiva contra todo lo que ose cuestionar la Cuarta Transformación y ha creado dos bandos en la sociedad mexicana: los conservadores, quienes no respaldan su visión de gobierno, y el pueblo sabio que le aplaude y venera. 

Así, López Obrador cumple más de dos años polarizando a México, contrario a su oferta de unidad nacional, en la misma tónica que su homólogo norteamericano. 

Por si las similitudes fueran inverosímiles, hay una simpatía confesa entre ambos personajes con deferencias que se antojan condescendientes, sobre todo de López Obrador, pese a que el magnate mantuvo un discurso xenófobo contra los mexicanos y amenazó con sellar por completo la frontera. 

De hecho, el tabasqueño hizo patente su coincidencia con Trump al negarle el reconocimiento inicial a Biden como presidente electo de EU y, luego del asalto al Capitolio, condenar que las redes sociales Facebook y Twitter suspendieran las cuentas del aún huésped de la Casa Blanca. 

En Estados Unidos, el pueblo despertó a tiempo y decidió no perpetuar las mentiras, el populismo, el narcisismo y la estupidez que han debilitado a su nación. 

Aunque el fanatismo político en México es más radical, lo deseable es que la sociedad se asuma sensata, sin filias ni fobias ni turbas ni muertos, para evitar que este tramo hacia el 2024 se torne incierto y aciago.

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