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A la chingada los derechos humanos Por Pedro Kuri Pheres

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Un bebé es baleado y dos mujeres muertas son halladas al interior de un automóvil. La conductora de otro vehículo es bajada con violencia por hombres armados, al igual que su hijo; más adelante es asesinada.
En Minatitlán, un niño yace en el pavimento sobre residuos de sangre. Fue baleado en pleno Viernes Santo junto a otras 12 personas, mujeres y hombres sin distingo de edad, en el municipio de Minatitlán, del estado de Veracruz.
Recién fueron asesinados dos presidentes municipales, uno de Michoacán y otra de Veracruz, que no dejan de ser humanos por ostentar un cargo de elección popular.
Hace unos meses, en la periferia de Acapulco, cuatro jóvenes -ninguno mayor de 17 años de edad- aparecen muertos con armas cortas en mano al interior de un vehículo compacto. Agentes de la Policía del Estado los abatieron luego haber sido agredidos por estos a balazos, cuando pretendían eludir una revisión de rutina. Fuego contra fuego.
Por si los homicidios dolosos no fueran suficientes en esta cruenta cotidianidad, también se ha hecho común utilizar calles y avenidas de varias ciudades del país para arrojar restos humanos en bolsas plásticas, cual basura regada en el asfalto. Una barbarie, tal cual, que se replica para mandar amenazas a grupos delictivos rivales y mensajes de terror a la población.
Las escenas referidas son reflejo de la sangrienta realidad padecida por la sociedad mexicana.
Nuestra sociedad, sin embargo, y mucho menos nuestros gobernantes, ha logrado quebrarse. Nadie muestra un ápice de conmoción. Muestra de ello fue precisamente la reacción del presidente Andrés Manuel López Obrador al fatídico Viernes Santo de Minatitlán. Evidenciando falta de sensibilidad, utilizó su cuenta oficial de Twitter para vapulear a los detractores de su lucha contra la corrupción frente al duelo de un pueblo.
Duele, pero se nos ha esfumado la capacidad de asombro. Hemos perdido sensibilidad ante la mutilación de una sociedad cada vez con menos valores. Una familiarización insana con la violencia que ya no nos conmueve.
Y en medio de la masacre imparable y del terror cotidiano que ni la Cuarta Transformación ha logrado frenar, están impasibles los organismos defensores de derechos humanos. Su marasmo es irritante y ofensivo. No defienden ni promueven mecanismos para proteger las garantías individuales y se han convertido en un actor más en mera observancia de cómo se descompone nuestra sociedad y se pudren las estructuras que aún la sostienen.
La actuación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) ante el contexto de inseguridad del que somos víctimas es una mentada de madre.
Aunque autónoma, su estructura depende de recursos públicos derivado de nuestros impuestos pero su atención no atiende nuestras necesidades como víctimas.
¿Cuántas muertes necesitas la CNDH para involucrarse en el asunto? ¿Cuándo dejará de observar y actuará como organismo encargado de velar por nuestro derecho a la seguridad? ¿Por qué no consultar al pueblo sabio sobre la correcta aplicación de políticas públicas en materia de derechos humanos?
Estamos hartos de entes observadores. Estamos hartos de ser víctimas en permanente indefensión.
Tanto la CNDH como todos los organismos gubernamentales y no gubernamentales dedicados a la defensa de los derechos humanos requieren ponerse del lado de las víctimas plenamente, y no de la autoridad conforme a las coyunturas o intereses en turno, sobre todo menos a favor de los crimínales.
Pedro Kuri Pheres en Facebook
@pedrokuripheres en Twitter
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