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La persistente intromisión de Estados Unidos en asuntos internos de México y otras naciones que atañen a sus intereses es un hecho inadmisible que atenta contra su soberanía, pero no podemos eludir que la aparición de la CIA y de la primera vicepresidenta norteamericana en medio de la efervescencia electoral son signos inequívocos de que algo de grandes dimensiones se viernes sobre nuestro país. Tiempo al tiempo.

La presencia en México de los altos mandos de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, justo en las postrimerías de este convulso proceso electoral, delata la preocupación de Washington por el rumbo de nuestro país a partir de los resultados del 6 de junio.
De larga historia injerencista, la Casa Blanca mantiene en su radar de riesgos a territorio mexicano por diversos factores que amenazan sus intereses, principalmente algunas decisiones de carácter nacionalista de la Cuarta Transformación en materia energética y comercial que podrían consolidarse en los próximos tres años si se extiende el totalitarismo ejercido desde Palacio Nacional.
Sin embargo, la irrefrenable violencia que recrudeció en las últimas semanas directamente contra candidatos a diversos cargos de elección popular también es motivo de alerta para el gobierno norteamericano.
De septiembre a la fecha, al menos 34 candidatos y aspirantes de distintos partidos políticos han sido asesinados con plena impunidad y en 27 de las 32 entidades federativas se han registrado más de 160 incidentes violentos que atañen a las presentes campañas electorales.
Y la gobernabilidad nacional, indefectiblemente, tiene resonancia del otro lado del Río Bravo.
Además, Estados Unidos no puede mantener distancia de la elección del 6 de junio porque el propio presidente Andrés Manuel López Obrador se encargó de involucrarlo en el momento que  reclamó a la administración de Joe Biden, mediante una nota diplomática, su financiamiento hacia organizaciones políticas antagónicas a la 4T, de forma específica a Mexicanos Contra la Corrupción de Claudio X. González.
William Burns y David S. Cohen, director y director adjunto de la CIA, respectivamente, arribaron el jueves pasado a nuestro país para sostener reuniones con funcionarios de la Secretaría de Relaciones Exteriores y representantes de las fuerzas armadas. El motivo del encuentro, de acuerdo con escuetos reportes oficiales, “afinar” detalles de la próxima visita de Kamala Harris, vicepresidenta del vecino país del norte, quien arribaría el 7 de junio, un día después de la llamada elección más grande de la historia de México.
Si los temas a tratar en el encuentro AMLO-Harris rondarán en torno a la migración y el desarrollo regional, como se ha informado, la CIA es ajena a una agenda de esa naturaleza y a la misma planeación logística de la seguridad de la vicepresidenta que corresponde exclusivamente al Servicio Secreto del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
La hermética llegada de Burns y Cohen, y la visita ya anunciada de Harris, coinciden con los momentos más álgidos del proceso electoral: en su turbulento tramo final y en la resaca de las votaciones, según los resultados generales que arrojen.
Son parte de movimientos estratégicos de Estados Unidos en el ajedrez político con México ante lo que ocurre y ocurrirá con una agenda ambiental, económica, migratoria y política de la 4T que va a contracorriente de la impulsada por Biden.
La persistente intromisión de Estados Unidos en asuntos internos de México y otras naciones que atañen a sus intereses es un hecho inadmisible que atenta contra su soberanía, pero no podemos eludir que la aparición de la CIA y de la primera vicepresidenta norteamericana en medio de la efervescencia electoral son signos inequívocos de que algo de grandes dimensiones se viernes sobre nuestro país.
Tiempo al tiempo.


Pedro Kuri Pheres en Facebook
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